lunes, 27 de agosto de 2018

Atleti, las cosas de casa


Atleti 1 - Rayo 0

El sábado estrenamos la temporada 2018-19 en el Metropolitano. Segunda jornada tras el empate en Mestalla contra un Valencia muy sólido, primera en casa frente a un recién ascendido Rayo Vallecano que se encontró con un Oblak soberbio y con un equipo que, jugando muy mal, tiene a Griezmann arriba y es capaz de meter gol en la única que toca. Así es la vida de los ricos, gastar poco y ganar mucho, esforzarse al mínimo para rentabilizar al máximo. Aunque esto último no es del todo cierto. El Atleti corrió. No le salieron las cosas como otras veces, pero corrió. Y no es una sensación subjetiva, basta con repasar el partido para ver las carreras de Rodrigo y Saúl tras cada pérdida para  recuperar el balón. Pero no hay por qué poner paños calientes: mal partido y muy buen resultado. Primera victoria en Liga. Cuatro puntos de seis posibles. Todo por mejorar.

La prensa, que no suele tratarnos nada bien, se ensañó con el césped del José Zorrilla, el campo de otro de los equipos que ha recuperado la Primera División. ¿Raro, no? Pues no. Allí jugaba el actual campeón de Liga y una de las dos multinacionales que copan el fútbol mundial. La verdad es que estaba de pena y es impropio de la que se autoproclama como "la mejor Liga del mundo" y todas esas gilipolleces de Tebas para vender fuera un producto que no cuidan en casa. Piqué lo explicó muy clarito. Pero a lo que iba, que me despistáis con vuestros rollos. Decía que el césped del Metropolitano estaba para llorar. Impropio de un supercampeón de Europa, del campeón de Europa League y del subcampeón de Liga. De pena. Y lo que es peor, el lunes -hoy mismo- el Rayo Majadahonda (que ha subido este año a la Segunda división) jugará en el Metropolitano contra el Real Mallorca para acabar de reventarlo. Veremos si alguien dice algo.

Un detalle que tampoco saldrá en los medios y que tanto mi hermano Ricar como mi vecino de abono Jose, el padre de Darío (que es el que sale en la foto con la camiseta de Fernando Torres), no dejaron de recordar -con una queja amarga, algún grito destemplado y muchos gestos de desaprobación- fue el pésimo funcionamiento de la megafonía del Metropolitano. Fatal. Sólo al final de la yanquicelebreision de la Supercopa alguien tocó el botón y pudimos escuchar la música y, sobre todo, la insoportable e innecesaria voz del tío del micro. En fin... con lo bonito que es ver a los jugadores dar la vuelta al estadio mientras los aficionados aplaudimos y cantamos con un mínimo de naturalidad. Y ya. Cada vez somos menos auténticos y más ridículos.

No saldrá tampoco en las televisiones ni dirán nada los periodistas, pero han puesto unas lucecitas en las tremendas escaleras de cemento que ocupan gran parte de la grada del Metropolitano y, cuando oscurece, al estar los aficionados del Atleti en la penumbra, se ven como si estuviésemos en el plató de Noche de Fiesta o algo así. Muy hortera todo. Aunque, intuyo, será cuestión de seguridad para evacuaciones y todas esas cosas modernas.

Otro detalle novedoso es la retransmisión del partido en las tres pantallas "gigantes" del Metropolitano en tiempo real. Que a mí me despista y me pone nervioso. Pero parece que este es el fútbol del VAR, el que empuja a los aficionados a verlo en el BAR. Y si no, que se lo pregunten a los que vinieron a animar al Rayito, que les calzaron 40 euros por subirles al ático del estadio, junto a una de las tres pantallas, envueltos en una red de pescar. Por cierto, el VAR no vale para nada si el árbitro hace lo que le sale de los cojones.

El sábado estrenamos septiembre y jugamos en Vigo. Espero que de rojiblanco, porque nuestra segunda equipación coincide en colores con la del Celta. Aunque igual jugamos con la tercera, o con la cuarta, o con la que a Nike se le ponga ahí mismo con el consentimiento de los dueños del negocio rojiblanco.

Por cierto, no he dicho nada de la emoción que supone volver al campo y encontrarte, como cada año desde hace dos décadas, a la misma buena gente. Comentar cómo ha ido el verano. Felicitar a Jesús por su paternidad, abrazar a Fran después de demasiado tiempo, comprobar que no eres el único que ha cogido peso, escuchar a Darío que este es su último año con abono infantil, ver a Jose con las mismas ganas de Atleti que tú tus hermanos, acompañar a tu sobrina que estrena abono y peña este año (Peña Mauri, de Valdemoro) y echar de menos a Alberto que desde Tenerife envía dos whatsapp de audio con sus críos Dani y Sergio cantando el himno del Glorioso con acento guanche al tiempo que miramos al Frente para ver si encontramos a Mayte y a Raúl que se han cambiado de sitio para cantar y bailar con su pequeña Saray un poco más abajo.

Cuántas ganas tenía de Atleti.

Aúpa. Siempre.

martes, 21 de agosto de 2018

No me gusta este Atleti


Valencia 1 - Atleti 1

No me gusta este Atleti vestido de azul turquesa, o celeste, o cielo o como quiera que se apellide este azul incomprensible y absurdo que vistió ayer en su debut liguero a orillas del Turia. No me gusta este Atleti supercampeón de Europa que ya no le cae simpático a los dos que se repartían la Liga y la Copa y la Champions y las teles y todo lo que hubiera que repartirse. Y que le hagan pasillo los rivales que aún creen en el fútbol. No me gusta este Atleti que ha dejado de ser el segundo equipo de casi todos para convertirse en el objeto de las iras y las envidias del resto de aficionados. No me gusta este Atleti del que los futbolistas que se han hecho grandes en él no quieren irse a ningún otro lugar donde les ofrecen más billetes y más títulos. Porque cuando llegó Griezmann hace cinco años no costaba lo que hoy quieren darnos por él. Porque cuando llegó Oblak tuvimos que aguantar las críticas por haber fichado a un portero errante, joven y desconocido por 16 millones de euros. No me gusta. No me gusta este Atleti que sigue teniendo casi la misma plantilla que cuando llegó el Cholo hace ya ocho temporadas. No me gusta que nos acusen cada año de una cosa. Esta temporada el mantra una y mil veces repetido es que el Atleti es el que más ha gastado en fichajes. No me gusta. No me gusta que hayan venido futbolistas desequilibrantes como Lemar y Gelson Martins, y mucho menos me gusta que Rodrigo haya regresado para convertirse en el mediocentro más espectacular del fútbol mundial, un Gabi moderno y joven con clase y talento para dar y regalar. No me gusta que mi tocayo Arias sea un lateral con vocación ofensiva dispuesto a darnos tantas asistencias de gol como Koke o Saúl. No me gusta que el tercer delantero sea un tipo del este como Oblak y Savic de esos que si te encuentras en una calle desierta cruzas inmediatamente de acera. 

No me gusta que el Mono Burgos y el Cholo Simeone digan que tenemos que mejorar la clasificación de la temporada pasada. No, no me gusta, porque miro hacia atrás y veo que quedamos segundos en Liga y campeones de Europa League. No me gusta que Gameiro y Vietto hayan salido, ni que la pretemporada la hayan realizado los chavales de la cantera dejando bien claro que por detrás vienen arreando fuerte y son de la casa, de los que saben quiénes somos, de dnde venimos y dónde estamos. Pero, sobre todo, saben cómo lo logramos. 

No me gusta que los que buscaban rival digno se suban por las paredes después de haber encontrado al más digno de los rivales. No me gusta que ya no les caigamos bien, ni que digan que ya no quieren que ganemos. No me gusta que Valdano se rinda a la evidencia y elogie el trabajo del Cholo en estos ocho años. No, no me gusta. Tampoco escuchar a Santiago Segurola diciendo que el Atlético de Madrid es uno de los equipos más importantes de Europa por su planteamiento claro y su capacidad de competir. No, claro que no me gusta. 

No me gusta que Costa se parta el alma para intentar marcar en Valencia aunque Gil Manzano pase del VAR. No me gusta que Correa vuelva a marcar el primer gol de la temporada y sea convocado con la selección de Argentina. No, que va, no me gusta. Ni tampoco ver a Koke y a Saúl como dos titanes en el centro del campo. No me gusta Lemar desbordando y dando rapidez, ni me gusta Juanfran subiendo y bajando, poniendo pases increíbles arriba y robando balones peligrosos abajo. No me gusta Godín con Savic mostrando poderío en el área (a pesar del fallo de ayer), ni tampoco me gusta Filipe Luis dejándose la vida en el campo con las botas cubiertas de cal por correr encima de la línea de banda. No me gusta Oblak parando todo lo que se puede parar, y hasta algunas de las que creíamos imposibles de atajar. No me gusta este Atleti supercampeón, no, qué va.

Y no me gusta este Atleti por una sencilla razón, porque me encanta, me enamora, me sublima, me flipa, me alucina, me entusiasma. Este Atleti es el mejor que he visto nunca. Este Atleti al que tanto amo no me puede gustar más. Pase lo que pase. Aunque empate en Mestalla.

P.D. Lo de las camisetas azules contra un equipo que viste de blanco no me gusta nada de nada. Odio eterno al fútbol moderno. Nike, vete a la mierda. Tebas, vete con ellos. 

Aúpa Atleti. Siempre.

(Gracias, Cholo)

jueves, 16 de agosto de 2018

Déjame estar súperalegre con el súperAtleti súpercampeón


Supercopa de Europa
Real Madrid 2 - Atlético de Madrid 4

Se celebraba el día de la Virgen de la Paloma en Madrid. La patrona popular (la oficial es la Almudena) de la única ciudad con tres equipos de fútbol en Primera (el Glorioso Atlético de Madrid, el Rayito y los de la multinacional incolora). Y jugaban en la capital de Estonia, en Tallín, a más de 3.800 kilómetros de distancia, el campeón de la Liga de Campeones contra el campeón de la Liga Europa. En un estadio minúsculo y con reducida representación de aficionados rojiblancos y de los otros. Hasta sitios libres había en el campo... las cosas de la UEFA que se resiste al VAR y se aferra a sus tejemanejes mafiosos para rentabilizar el negocio.

Llegaba el vigente campeón de la Liga de Campeones sin haber campeonado en su Liga y habiendo quedado por detrás del campeón de la Liga Europa. Un equipo, el de Concha Espina, sin su leyenda goleadora y estrenando en el banquillo al ex seleccionador nacional que nos dejó tirados en Rusia. En esa selección había tres atléticos: Diego Costa, Koke y Saúl (al que el sustituto, el también madridista Fernando Hierro, no le dio ni un minuto). 

Enfrente, el cada vez más poderoso, reconocido y laureado equipo del hombre más legendario a lo largo de los 115 años de historia que contemplan al club Atlético de Madrid: Diego Pablo Simeone González, "el Cholo". Un entrenador que está batiendo todos los récords de la institución y que va camino de batir los de La Liga española en su octava temporada al frente del Atleti. Ya es el que más títulos ha ganado al frente del equipo (2 Súpercopas de Europa, 1 Súpercopa de España, 2 Europa League, 1 Liga y 1 Copa) y tres de ellos doblegando en distintas finales al eterno rival de la capital. Probablemente sea el que más temporadas seguidas lleva al frente de un club en Primera división. 

El partido era muy importante para el Cholo, para el Atleti y para los atléticos. No en vano cada vez que nos habíamos enfrentado a los vecinos ricos en competición europea habíamos acabado eliminados o sin poder alzar el título. El equipo de Florentino llevaba 18 años sin perder una final en Europa. A esto había que sumar que la Supercopa continental siempre había caído del lado del ganador de la Champions salvo en 2010 y 2012, que se la llevó el Atlético de Madrid, ganador de la UEFA Europa League, frente al Inter de Milán y al Chelsea con exhibición de Falcao incluida. Y era muy importante este primer partido oficial de la temporada porque en el inconsciente colectivo de la afición rojiblanca estaba germinando un oscuro temor similar al que ennegreció los derbis ligueros durante casi tres lustros en los que el equipo fue incapaz de vencer a los de la otra acera. Algo a lo que el Cholo puso punto y final con su llegada, ganándoles en Liga, ganándoles otra vez la Copa del Rey en su casa y volviéndoles a ganar la Súpercopa de España. Pero en Europa... en Europa llevábamos dos eliminatorias apeados y dos finales perdidas en la prórroga y en los penaltis.

Resultado final de la Súpercopa de Europa: 2-4 en la prórroga. Empezamos ganando 0-1 con golazo de Diego Costa antes de que se cumpliera el primer minuto. Patadón de Diego Godín que controla por dos veces, en carrera, con la cabeza y zapatazo sin ángulo a la red. Impresionante. Ellos empataron antes del descanso. En la segunda parte se ponen por delante con gol de penalti y el temor oscuro se convierte en tumor negro. Los peores presagios vuelven a los corazones de la afición del Atleti. El Cholo, sancionado, dando vueltas en un palco del mini estadio estonio como un león enjaulado, quita a Rodrigo -que había sido el mejor hasta el momento- y saca a Vitolo. Antes había retirado a Griezmann que no había intervenido en el juego para dar entrada a un Correa siempre voluntarioso. No me gusta el cambio, pero no seré yo quien discuta al Cholo. A falta de diez minutos para el final, ¡zas! gol de Costa. Empate y a la prórroga. Nuevo cambio. Quita a Lemar (impresionante el debut del pequeño francés pidiéndola, ofreciéndose, repartiendo y regateando en ataque y recuperando y posicionándose en defensa. Todo un espectáculo) y pone a Thomas. No me gusta el cambio pero, como antes, lo comento a sabiendas de que el Cholo sabe más que yo. Dicho y hecho. Golazo europeo de Saúl y gol de Koke casi seguidos, los dos al primer toque, sin pararla, sin pensárselo, resolviendo lo que no habían sido capaces de resolver durante todo el partido en el que no dejaron de correr sin balón. Un espectáculo. 4-2. A los reyes de Europa. Todo un repaso.

Y claro, con la prórroga nos dieron casi las doce de la noche. Y aunque era fiesta el día de la Paloma, el jueves había que madrugar para ir al trabajo. Sí, sí, en agosto algunos trabajamos. A las siete iba a sonar el despertador, pero eran las dos de la mañana y todavía seguía disfrutando de las repeticiones de los goles, de Godín levantando la Súpercopa, de los mensajes de whatsapp de familiares y amigos alegrándose de mi alegría. También en las redes sociales se sucedían los parabienes. Sin noticia de los merengues de cérvida testuz.  El Atleti había hecho el pasillo a los perdedores y en sus declaraciones se habían mostrado respetuosos con el equipo derrotado. Nadie habló de venganzas ni de cuentas pendientes. Todos coincidieron en que era la mejor manera de empezar la temporada, en que era un título europeo que siempre apetecía y en que el equipo tiene mucho que trabajar porque este año, como dijo el Cholo sin esconderse, este año hay que mejorar lo que lograron la temporada pasada (subcampeones de Liga y campeones de Europa League). Este año la plantilla es absolutamente increíble como para pelear de verdad por la Liga (con VAR), por la Copa que tanto me ilusiona y por la Champions (sin VAR) cuya final se celebrará en nuestro nuevo Metropolitano. Y es que miro al banquillo y tengo la misma sensación que cuando miraba el de las dos multinacionales del fútbol mundial que se reparten nuestra Liga: todos son jugadorazos.

Hoy en el trabajo apenas si me he podido concentrar. Estoy súperalegre con el súperAtleti súpercampeón. Aunque algunos amigos madridistas no acaben de digerir la derrota en Europa. Se viene una temporada muy entretenida. Este año, como dicen en Cádiz, "no ni ná".

Aúpa Atleti. Siempre.


viernes, 29 de junio de 2018

Hoy que juega España



Se verán menos camisetas que si gana. Hoy que juega España nos levantaremos como si no nos importase el mundial de Rusia. Hoy que juega la selección española de fútbol diremos que no nos representa, que son unos mantas, que hay dos brasileños y un italiano, que el entrenador no es tal cosa ni lo fue nunca –pregunten a los carbayones-, que otra vez De Gea bajo palos, que Iniesta no está para noventa minutos y que parece mentira que juegue Carvajal, recién salido de la lesión, teniendo a Odriozola. Hoy que juega España diremos otra vez que nos gusta más Uruguay, o Francia, o México, cabrones. Pero insistiremos en que no está prohibido jugar con dos puntas, que Iago Aspas es el acompañante perfecto para Diego Costa y que Diego Costa lo es para el mago de Moaña, para el príncipe de las bateas, para el díscolo celtiña que nos metió de taquito en los octavos aunque la prensa se quedase en el VAR.
“En la mesa y en el juego se conoce al caballero” dice el refranero español. Y también al trilero, añado yo.
Hoy, cuando haya jugado España, se entenderá todo mejor. Porque si pierde no dejaremos de escuchar, leer y ver un amplificado y egolátrico “ya lo decía yo”, en boca y letra de cada uno de los falsos periodistas vendidos al click, la audiencia y la difusión. Canalizaremos nuestras frustraciones, iras y pocas luces contra los futbolistas, desmenuzándolos por cualquier gesto, por un error, por haber jugado, o por no. Le caerá la del pulpo a Hierro y su selección. A Rubiales. A la señora de pelo liso y a Celades por ser el apuntador. Habrá leña para todos –menos para el mejor club interplanetario del mundo interestelar que desestabilizó al grupo fichando al seleccionador. A esos, que generan marca y mueven euros, a esos no-. Los que tenían la camiseta preparada en la parte alta del cajón la volverán a enterrar en el fondo del armario. Se inventarán cualquier estupidez para justificar como buena la eliminación. Contra Rusia. Con Cheryshev. Y nadie irá con España, con el equipo perdedor.
Hoy, cuando haya jugado España, se entenderá todo mejor. Porque si gana veremos cómo el país entero se cura de sus males, olvida sus penas y demuestra –una vez más- que el fútbol es la mejor medicina social. El españolito medio se apuntará a caballo ganador, como si lo que es, como un seguidor circunstancial de una causa provisional. Donde lo único que interesa es ganar. Y se llenarán las calles de gente haciendo el ridículo sin pudor, enfundados –ahora sí- en sus camisetas rojas. Aunque no sepan muy bien lo que es un fuera de juego. Ni falta que les hace. Aunque se pasen el año y la vida quejándose del fútbol, de sus seguidores, de que somos unos pesados y de que cómo es posible que tú, siendo tan inteligente, te vuelvas con tu equipo tan irracional. Aunque pierda.
Hoy, que juegan las dos Españas, toca aguantar el chaparrón. Y los que somos muy de fútbol –y poco de selección- asistiremos con vergüenza ajena a la lapidación y crucifixión del combinado nacional o a su enésima exaltación y encumbramiento sin control. Dicho lo cual, ¡Arriba España!, aunque a los viejos rojos de La Roja, les suene fatal.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Fernando Torres, asignatura obligatoria



En la puerta del colegio me encuentro con una antigua profesora de mi hija. Es del Atleti. Comentamos la despedida de Torres. ¡Qué manera de llorar! soltamos a coro. Y le explico que una editorial ha incluido en sus libros de texto de Religión para 1º y 2º de la ESO al Atleti y a Fernando Torres. Que ser del Atleti lo ponen como ejemplo de fraternidad y a nuestra leyenda como ejemplo de dignidad. “¿En serio? ¡No me extraña!” Continúa Sonia –que así se llama la profesora- al tiempo que me explica los lagrimones que se le caían a su marido leyendo un trabajo de Filosofía de su hija. “A ver si te lo traigo. Son doce páginas que ha escrito sobre los valores del Atleti”. Yo la escucho con un nudo en la garganta mientras los niños entran y los padres pasan a nuestro lado saludándonos ajenos a la trascendencia de nuestra conversación. Algunos se creen que hablamos de fútbol. Los que nos conocen saben que el tema es el Atleti.  
Llevaba varios meses detrás del documento en cuestión. Mi amigo del feisbuc Alberto AC (Albertini) me puso sobre la pista desde Salamanca. Sabíamos que en un libro de texto se hablaba del Atleti. Le pedí más datos y, casi al mismo tiempo, lo colgamos en la red. A ambos nos había llegado el vídeo por wasá. Casualidades. Causalidades. Como dicen mis amigos paraguayos “diosalidades”. Se trata del libro de 1º de la ESO de la asignatura de Religión. En la página 102 se refiere al Atleti como ejemplo de fraternidad y es de la editorial SM (Santa María), propiedad de los religiosos marianistas. Los mismos frailes que dirigen el colegio Amorós, tan ligado a las categorías inferiores del Atleti, la misma comunidad a la que pertenece don Manuel Briñas, el marianista que descubrió a Fernando Torres, el que recibió su camiseta nada más marcar el gol 100 con el Atleti, el que leyó entre sollozos (los suyos y los de los 60.000 que estábamos en la grada) la carta de despedida a nuestro ídolo.
Enciendo el ordenador después de dos semanas en Sudamérica y ¡zas! Se me aparece un compañero con el que compartí Teología y fútbol desde Vigo. Chema es celeste y profesor de Filosofía en un instituto. Me cuenta que en el libro de Religión de 2º de la ESO aparece un testimonio de  Fernando Torres hablando sobre la dignidad. Es parte de la entrevista que le hizo Pedro Simón y que publicó El Mundo. Le falta tiempo para hacer un pequeño vídeo y enviármelo. También me hace una captura de pantalla del texto en su versión digital. Es de la editorial SM otra vez. La de los marianistas. Le cuento lo de la hija de Sonia y su trabajo sobre Torres. “¿En serio? Hoy en 3º de la ESO han comenzado un trabajo sobre modelo de personas. Y entre Mandelas, Fridas y Ghandis apareció Fernando Torres. Ya te enviaré copia con permiso de los autores”. Lo dicho, casualidades. Causalidades. Diosalidades.
Y no me extraña. Torres ha sido el portador de nuestro amor al Atleti. El futbolista que todos hubiéramos querido ser. Un ejemplo de humildad, coraje y corazón. Debutó en Segunda. Nos ascendió a Primera. Nos devolvió a Europa con el dinero que dejó su salida. Ganó todo lo que puede ganar un futbolista y regresó con humildad para sumar desde el banquillo. Quería cumplir su sueño. Nosotros, gracias a él, seguimos soñando. Porque a Torres, como al Atleti, no les queremos por lo que nos dan, les queremos porque forman parte de nuestra vida.
El domingo, después de la catarsis colectiva en el Metropolitano, mi hija Lucía -5 años- le contaba a todo el mundo que había visto “la Copa” (por la Europa League), que Torres “había marcado mucho” y que “papá había llorado”.

Lo de Lyon me pilló en Tacumbú


Mi trabajo tiene estas cosas. Que a veces te obliga a perderte la comunión de tu sobrina o una final de tu equipo porque las fechas estaban cerradas. Del 5 al 20 de mayo anduve evangelizando para la noble causa del colchonerismo en tierras uruguayas y paraguayas. La tarea no fue menor.

En Uruguay pensé que encontraría el terreno abonado por el paso de nuestro bota de oro, Diego Forlán, la capitanía guaraní de Godín, la juventud del central internacional Josema Giménez, el trabajo infinito del "profe" Ortega  y la inolvidable presentación del Pato Sosa. Nada que ver. Allí todos son del Barcelona por Luisito Suárez. Increíble pero cierto. Aquí, como en el resto del planeta sólo saben de las dos multinacionales del fútbol que copan el mercado y que, para nuestra desgracia, juegan en España. Su versión local es el Peñarol - Nacional. Mi estancia en Montevideo coincidió con el Nacional "campeonando".

En Paraguay la cosa no fue mejor. Y eso que su selección viste de albirrojo, que es exactamente igual que nuestro rojiblanco. Ni siquiera el recuerdo de las piruetas del "soldadito" Benítez, ni el de aquella pareja de centrales internacionales -Gamarra y Ayala- con los que descendimos a Segunda. Nada.

Para mi desgracia la final de Lyon me pilló en el Bañado de Tacumbú. Un barrio en los márgenes de Asunción que sufría su tercera inundación en cuatro años. Conclusión: en el refugio al que se habían trasladado los vecinos de esta versión paraguaya de la Cañada Real tampoco tenía luz eléctrica ni una televisión con cable para ver la final de la Europa League. Porque en esta parte del mundo, en el sur, sólo retransmiten en abierto si juegan el Barcelona y el Real Madrid, o sus versiones locales: Olimpia y Cerro (clásico que coincidió con mi estancia en la pequeña ciudad rural de San Roque González con victoria de los porteños por 0-1). Toda una experiencia en mitad de la nada.

Sin televisión por cable, con mi camiseta del Atleti puesta, sin wifi, con mucha tarea por delante, sin atléticos cerca y con un calor húmedo impropio del otoño austral casi me entra el vikinguismo y tiro la toalla. Pero no. Entonces se obró el milagro. Uno de los voluntarios que trabajan coordinando el proyecto de becas escolares que ha puesto en marcha el dominico español Pedro Velasco se me acerca y me muestra su móvil: "Vamos empate a cero". Ariel Franco (en la foto con un servidor. Al día siguiente le regalé dos camisetas del Atleti), así se llama este ángel que me envió el Espíritu Santo para mantenerme informado sobre el devenir de los nuestros durante la consecución de la tercera Europa League. No me separé de él. Desde las tres menos cuarto y hasta las cinco estuve pegado a su móvil celebrando cada uno de nuestros goles al tiempo que en mi teléfono sin wifi entraban los SMS de mi hermano (conocedor de las complicadas circunstancias en las que me hallaba). Así me fui enterando en estéreo de las buenas noticias que llegaban desde Francia donde marcaba el francés, volvía a marcar el gabacho y sentenciaba el Gabitán Fernández antes de que Fernando Torres saliese al campo para poder levantar su primer título como rojiblanco.

Esa noche apenas pude dormir. Los mensajes se apelotonaban en mi móvil complicánadome el visionado de los resúmenes. Las lágrimas tampoco ayudaban mucho a la hora de ver lo que había sucedido en Lyon antes, durante y después de una final que me pilló en el refugio donde los vecinos del Bañado Sur de Asunción esperaban a que se retirase el agua de las últimas inundaciones, en Tacumbú.

viernes, 23 de febrero de 2018

Hambre de ti, Atleti

A pesar de que la iluminación del Metropolitano favorece al equipo visitante ocultando el colorido y la fuerza de los aficionados del Atleti, los cánticos no se han podido silenciar. 
(FOTO de RUBÉN DE LA FUENTE en La Vida en Rojiblanco)


Tres semanas sin ir al Metropolitano. Tres semanas sin vivir el Atleti en directo rodeado de mi familia rojiblanca. De Albertito que vino con el primo de su mujer, de Loli y su gorro ruso contra el frío de la estepa en Las Musas, de Jose llegando in extremis y preocupado por si habíamos cantado ya a Torres y al Cholo, de mi hermano que se olvidó el chocolate para invitar a todos en el descanso, de los chavales de atrás que se saben todas las canciones y no paran de animar, de mi vecino David y su hijo Asier que también son vecinos de abono, de los de la Peña Villaverde y su autobús repleto de buena gente, de Fran que no pudo venir porque tiene a su padre fastidiado, de Darío que cumplía partido de sanción porque el suyo -su padre- le había castigado. Tres semanas entre Guatemala y El Salvador echando de menos los gritos del fenómeno que anima con el inalámbrico a que los que animan animen para que nos animemos. Y ayer, otra vez, lo consiguieron. El Frente Atlético hizo botar a "los de arriba". Y también botamos "los del medio", los que estamos encima de ellos y debajo de los palcos del canapé y las teles con repetición. Ayer volví a cantar el himno con la bufanda en alto, a botar para espantar el frío con la excusa de no ser vikingo, a comentar el gol cantado de Gameiro y a cantar el gol que la prensa no ha comentado del mismo francés. A fijarme en el debut del chaval Sergi en el lateral izquierdo, de repetir una vez más lo de "qué bueno que es Oblak". Ayer pude disfrutar de Koke manejando el partido en la primera parte con Gabi haciendo de escudero. Y volví a sentir una descarga eléctrica con cada regate de Correa. Ayer, como cada vez que vivo un partido de los míos, sentí el orgullo de saltar con Giménez para pelear cada balón, de acompañar a Juanfran subiendo la banda con la ilusión de un juvenil, de empujar para que Vitolo entre más en juego y le pille el truco a este Atleti de rutinas y defensa inexpugnable. 

Tres semanas sin vivir el Atleti son muchas semanas. Aunque me enfunde la zamarra del Glorioso cada día de partido, aunque llame a mi hermano desde una aldea quekchí para saber qué hemos hecho contra el Atlhetic, aunque en El Salvador no se salgan de la dichosa dictadura dicotómica de las dos selecciones mundiales a las que desafía el uncerismo práctico de nuestro dios argentino. Aunque me las vea y me las desee para regalarle una gorra con el escudo verdadero de nuestro equipo a alguien que merezca la pena, que sea normal, que no esté contaminado por las multinacionales del márketing balompédico. En este viaje he visto cereales con el escudo de los vecinos incoloros, autobuses urbanos decorados con los que van delante de nosotros y con los que están a siete puntos de nuestro culo. Relojes, paraguas, mochilas, material escolar, bolsas de papas fritas... un disparate. Tan es así que uno siempre piensa haber tocado techo con el sentimiento de rechazo al otro equipo de la capital. Pero no.

Tenía muchas ganas de ir al estadio. A pesar de que la eliminatoria estaba casi resuelta, a pesar de que el Copenhague no es un equipo atractivo (por mucho que se vista de azul Chelsea), a pesar del intenso frío, de la mala hora, de las polémicas inventadas por la prensa madridista -salta a la vista- para desestabilizar a la plantilla y dividir a la afición. A pesar de que cada vez hay más gente que se va antes del pitido final. A pesar de que los ladrones del palco quieren vender a Carrasco para tapar sus agujeros en China. Tenía hambre de Atleti. Por eso ayer cantamos bien fuerte, con el Frente, lo de "El fútbol no nos gusta, el Atleti sí". Casi tan fuerte como el "Ole, ole, ole, Cholo Simeone" y el "Fer-nan-do Tooooorres, loro lo lo, lolo". 

Ayer volví a disfrutar del fútbol en directo. Porque nosotros no vamos a VER al Atleti, nosotros vamos a VIVIR el Atleti. 

Atleeeeeeeeti, Atleeeeeeeeti, Atleeeeeeeti.

sábado, 20 de enero de 2018

De metonimias y mentiras en el fútbol


La metonimia es como una metáfora pero sin poesía. Un término se refiere a otro por proximidad. Es una figura retórica para simples. De hecho los periodistas la usamos mucho, muchísimo. Demasiado. Por ejemplo cuando nos referimos a lo específico utilizando el genérico: “Los madridistas eluden sus compromisos fiscales defraudando millones a la Hacienda pública del país que les da de comer”. Pero en realidad no son todos los madridistas, ni siquiera todos sus futbolistas. Apenas ocho o diez han tenido problemas con el fisco. 
La metonimia, decía al inicio, es un tropo literario del vulgo. Se usa para llamar la atención simplificando y generalizando. Si, por ejemplo, Sergio Ramos es el jugador más expulsado en toda la historia de la Liga española con 19 tarjetas rojas y es futbolista del Real Madrid, los periodistas -tan dados a la metonimia, la simplificación y los titulares llamativos- podrían referirse a los jugadores de este club como “Los violentos jugadores del equipo incoloro” (de todos es sabido que el blanco no es un color). Y a nadie le resultaría extraño el uso de la figura retórica. 
La sinécdoque es una suerte de metonimia con la que se utiliza el nombre del todo para referirse sólo a una parte, o viceversa. Por ejemplo: “La afición del Real Madrid está contratada por Florentino”, cuando en realidad el presidente del equipo de las Champions sólo tiene contratada a una parte del público, la grada de animación, con el fin de que no profieran cánticos contra él, contra su gestión ni contra sus intereses.
Todo lo dicho hasta aquí es de sentido común. El uso de la metonimia y la sinécdoque es muy habitual. Legítimo, aunque las más de las veces contenga una exageración que conlleva un cierto engaño. 
Muy distinto es mentir. Directamente. Y eso no se le puede consentir a un profesional de la información. Porque un periodista vive de contar la verdad. Para ello contrasta distintas fuentes, pregunta, va al lugar de los hechos y luego explica de un modo sencillo lo que ha ocurrido. Y sí, puede que use metonimias y sinécdoques. Incluso que busque llamar la atención en un titular. Pero no se puede mentir. 
Un ejemplo de mentira: “Un ultra del Atleti apuñala a un hincha rojiblanco en la previa contra el Sevilla”. 
A ver, compañeros plumillas. El agresor (40 años) era un delincuente que sólo llevaba cinco meses en libertad tras diez años de cárcel por -entre otras cosas- atracar unas cuantas farmacias. El agredido (22 años) no era abonado, no tenía entrada, estaba de botellón con unos amigos y se había pasado con el alcohol. Puede que simpatizaran con algún equipo como puede que comprasen en el Corte Inglés. Incluso que tuviesen la tarjeta de ese supermercado. Es posible que fuesen musulmanes, que practicasen running o que les gustasen los hombres. En cualquiera de estos casos los titulares serían: “Un cliente de El Corte Inglés apuñala a otro en Las Musas”; “Dos musulmanes implicados en una reyerta en pleno botellón”; “Un `runner´apuñala a otro en Madrid” o “Un gay asesta tres puñaladas a un joven en plena calle”. Y estoy convencido de que ningún medio titularía así. Más que nada porque el Corte Inglés podría retirar su publicidad, la comunidad musulmana se podría ofender, los que corren cada tarde -y los que que no- se partirían de risa y el lobby homosexual volvería a protestar con razón.

Pues eso, que una metonimia no justifique una mentira; que informar no sea una excusa para enfangar el buen nombre y el honor de los aficionados del Atlético de Madrid.