jueves, 16 de agosto de 2018

Déjame estar súperalegre con el súperAtleti súpercampeón


Supercopa de Europa
Real Madrid 2 - Atlético de Madrid 4

Se celebraba el día de la Virgen de la Paloma en Madrid. La patrona popular (la oficial es la Almudena) de la única ciudad con tres equipos de fútbol en Primera (el Glorioso Atlético de Madrid, el Rayito y los de la multinacional incolora). Y jugaban en la capital de Estonia, en Tallín, a más de 3.800 kilómetros de distancia, el campeón de la Liga de Campeones contra el campeón de la Liga Europa. En un estadio minúsculo y con reducida representación de aficionados rojiblancos y de los otros. Hasta sitios libres había en el campo... las cosas de la UEFA que se resiste al VAR y se aferra a sus tejemanejes mafiosos para rentabilizar el negocio.

Llegaba el vigente campeón de la Liga de Campeones sin haber campeonado en su Liga y habiendo quedado por detrás del campeón de la Liga Europa. Un equipo, el de Concha Espina, sin su leyenda goleadora y estrenando en el banquillo al ex seleccionador nacional que nos dejó tirados en Rusia. En esa selección había tres atléticos: Diego Costa, Koke y Saúl (al que el sustituto, el también madridista Fernando Hierro, no le dio ni un minuto). 

Enfrente, el cada vez más poderoso, reconocido y laureado equipo del hombre más legendario a lo largo de los 115 años de historia que contemplan al club Atlético de Madrid: Diego Pablo Simeone González, "el Cholo". Un entrenador que está batiendo todos los récords de la institución y que va camino de batir los de La Liga española en su octava temporada al frente del Atleti. Ya es el que más títulos ha ganado al frente del equipo (2 Súpercopas de Europa, 1 Súpercopa de España, 2 Europa League, 1 Liga y 1 Copa) y tres de ellos doblegando en distintas finales al eterno rival de la capital. Probablemente sea el que más temporadas seguidas lleva al frente de un club en Primera división. 

El partido era muy importante para el Cholo, para el Atleti y para los atléticos. No en vano cada vez que nos habíamos enfrentado a los vecinos ricos en competición europea habíamos acabado eliminados o sin poder alzar el título. El equipo de Florentino llevaba 18 años sin perder una final en Europa. A esto había que sumar que la Supercopa continental siempre había caído del lado del ganador de la Champions salvo en 2010 y 2012, que se la llevó el Atlético de Madrid, ganador de la UEFA Europa League, frente al Inter de Milán y al Chelsea con exhibición de Falcao incluida. Y era muy importante este primer partido oficial de la temporada porque en el inconsciente colectivo de la afición rojiblanca estaba germinando un oscuro temor similar al que ennegreció los derbis ligueros durante casi tres lustros en los que el equipo fue incapaz de vencer a los de la otra acera. Algo a lo que el Cholo puso punto y final con su llegada, ganándoles en Liga, ganándoles otra vez la Copa del Rey en su casa y volviéndoles a ganar la Súpercopa de España. Pero en Europa... en Europa llevábamos dos eliminatorias apeados y dos finales perdidas en la prórroga y en los penaltis.

Resultado final de la Súpercopa de Europa: 2-4 en la prórroga. Empezamos ganando 0-1 con golazo de Diego Costa antes de que se cumpliera el primer minuto. Patadón de Diego Godín que controla por dos veces, en carrera, con la cabeza y zapatazo sin ángulo a la red. Impresionante. Ellos empataron antes del descanso. En la segunda parte se ponen por delante con gol de penalti y el temor oscuro se convierte en tumor negro. Los peores presagios vuelven a los corazones de la afición del Atleti. El Cholo, sancionado, dando vueltas en un palco del mini estadio estonio como un león enjaulado, quita a Rodrigo -que había sido el mejor hasta el momento- y saca a Vitolo. Antes había retirado a Griezmann que no había intervenido en el juego para dar entrada a un Correa siempre voluntarioso. No me gusta el cambio, pero no seré yo quien discuta al Cholo. A falta de diez minutos para el final, ¡zas! gol de Costa. Empate y a la prórroga. Nuevo cambio. Quita a Lemar (impresionante el debut del pequeño francés pidiéndola, ofreciéndose, repartiendo y regateando en ataque y recuperando y posicionándose en defensa. Todo un espectáculo) y pone a Thomas. No me gusta el cambio pero, como antes, lo comento a sabiendas de que el Cholo sabe más que yo. Dicho y hecho. Golazo europeo de Saúl y gol de Koke casi seguidos, los dos al primer toque, sin pararla, sin pensárselo, resolviendo lo que no habían sido capaces de resolver durante todo el partido en el que no dejaron de correr sin balón. Un espectáculo. 4-2. A los reyes de Europa. Todo un repaso.

Y claro, con la prórroga nos dieron casi las doce de la noche. Y aunque era fiesta el día de la Paloma, el jueves había que madrugar para ir al trabajo. Sí, sí, en agosto algunos trabajamos. A las siete iba a sonar el despertador, pero eran las dos de la mañana y todavía seguía disfrutando de las repeticiones de los goles, de Godín levantando la Súpercopa, de los mensajes de whatsapp de familiares y amigos alegrándose de mi alegría. También en las redes sociales se sucedían los parabienes. Sin noticia de los merengues de cérvida testuz.  El Atleti había hecho el pasillo a los perdedores y en sus declaraciones se habían mostrado respetuosos con el equipo derrotado. Nadie habló de venganzas ni de cuentas pendientes. Todos coincidieron en que era la mejor manera de empezar la temporada, en que era un título europeo que siempre apetecía y en que el equipo tiene mucho que trabajar porque este año, como dijo el Cholo sin esconderse, este año hay que mejorar lo que lograron la temporada pasada (subcampeones de Liga y campeones de Europa League). Este año la plantilla es absolutamente increíble como para pelear de verdad por la Liga (con VAR), por la Copa que tanto me ilusiona y por la Champions (sin VAR) cuya final se celebrará en nuestro nuevo Metropolitano. Y es que miro al banquillo y tengo la misma sensación que cuando miraba el de las dos multinacionales del fútbol mundial que se reparten nuestra Liga: todos son jugadorazos.

Hoy en el trabajo apenas si me he podido concentrar. Estoy súperalegre con el súperAtleti súpercampeón. Aunque algunos amigos madridistas no acaben de digerir la derrota en Europa. Se viene una temporada muy entretenida. Este año, como dicen en Cádiz, "no ni ná".

Aúpa Atleti. Siempre.


viernes, 29 de junio de 2018

Hoy que juega España



Se verán menos camisetas que si gana. Hoy que juega España nos levantaremos como si no nos importase el mundial de Rusia. Hoy que juega la selección española de fútbol diremos que no nos representa, que son unos mantas, que hay dos brasileños y un italiano, que el entrenador no es tal cosa ni lo fue nunca –pregunten a los carbayones-, que otra vez De Gea bajo palos, que Iniesta no está para noventa minutos y que parece mentira que juegue Carvajal, recién salido de la lesión, teniendo a Odriozola. Hoy que juega España diremos otra vez que nos gusta más Uruguay, o Francia, o México, cabrones. Pero insistiremos en que no está prohibido jugar con dos puntas, que Iago Aspas es el acompañante perfecto para Diego Costa y que Diego Costa lo es para el mago de Moaña, para el príncipe de las bateas, para el díscolo celtiña que nos metió de taquito en los octavos aunque la prensa se quedase en el VAR.
“En la mesa y en el juego se conoce al caballero” dice el refranero español. Y también al trilero, añado yo.
Hoy, cuando haya jugado España, se entenderá todo mejor. Porque si pierde no dejaremos de escuchar, leer y ver un amplificado y egolátrico “ya lo decía yo”, en boca y letra de cada uno de los falsos periodistas vendidos al click, la audiencia y la difusión. Canalizaremos nuestras frustraciones, iras y pocas luces contra los futbolistas, desmenuzándolos por cualquier gesto, por un error, por haber jugado, o por no. Le caerá la del pulpo a Hierro y su selección. A Rubiales. A la señora de pelo liso y a Celades por ser el apuntador. Habrá leña para todos –menos para el mejor club interplanetario del mundo interestelar que desestabilizó al grupo fichando al seleccionador. A esos, que generan marca y mueven euros, a esos no-. Los que tenían la camiseta preparada en la parte alta del cajón la volverán a enterrar en el fondo del armario. Se inventarán cualquier estupidez para justificar como buena la eliminación. Contra Rusia. Con Cheryshev. Y nadie irá con España, con el equipo perdedor.
Hoy, cuando haya jugado España, se entenderá todo mejor. Porque si gana veremos cómo el país entero se cura de sus males, olvida sus penas y demuestra –una vez más- que el fútbol es la mejor medicina social. El españolito medio se apuntará a caballo ganador, como si lo que es, como un seguidor circunstancial de una causa provisional. Donde lo único que interesa es ganar. Y se llenarán las calles de gente haciendo el ridículo sin pudor, enfundados –ahora sí- en sus camisetas rojas. Aunque no sepan muy bien lo que es un fuera de juego. Ni falta que les hace. Aunque se pasen el año y la vida quejándose del fútbol, de sus seguidores, de que somos unos pesados y de que cómo es posible que tú, siendo tan inteligente, te vuelvas con tu equipo tan irracional. Aunque pierda.
Hoy, que juegan las dos Españas, toca aguantar el chaparrón. Y los que somos muy de fútbol –y poco de selección- asistiremos con vergüenza ajena a la lapidación y crucifixión del combinado nacional o a su enésima exaltación y encumbramiento sin control. Dicho lo cual, ¡Arriba España!, aunque a los viejos rojos de La Roja, les suene fatal.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Fernando Torres, asignatura obligatoria



En la puerta del colegio me encuentro con una antigua profesora de mi hija. Es del Atleti. Comentamos la despedida de Torres. ¡Qué manera de llorar! soltamos a coro. Y le explico que una editorial ha incluido en sus libros de texto de Religión para 1º y 2º de la ESO al Atleti y a Fernando Torres. Que ser del Atleti lo ponen como ejemplo de fraternidad y a nuestra leyenda como ejemplo de dignidad. “¿En serio? ¡No me extraña!” Continúa Sonia –que así se llama la profesora- al tiempo que me explica los lagrimones que se le caían a su marido leyendo un trabajo de Filosofía de su hija. “A ver si te lo traigo. Son doce páginas que ha escrito sobre los valores del Atleti”. Yo la escucho con un nudo en la garganta mientras los niños entran y los padres pasan a nuestro lado saludándonos ajenos a la trascendencia de nuestra conversación. Algunos se creen que hablamos de fútbol. Los que nos conocen saben que el tema es el Atleti.  
Llevaba varios meses detrás del documento en cuestión. Mi amigo del feisbuc Alberto AC (Albertini) me puso sobre la pista desde Salamanca. Sabíamos que en un libro de texto se hablaba del Atleti. Le pedí más datos y, casi al mismo tiempo, lo colgamos en la red. A ambos nos había llegado el vídeo por wasá. Casualidades. Causalidades. Como dicen mis amigos paraguayos “diosalidades”. Se trata del libro de 1º de la ESO de la asignatura de Religión. En la página 102 se refiere al Atleti como ejemplo de fraternidad y es de la editorial SM (Santa María), propiedad de los religiosos marianistas. Los mismos frailes que dirigen el colegio Amorós, tan ligado a las categorías inferiores del Atleti, la misma comunidad a la que pertenece don Manuel Briñas, el marianista que descubrió a Fernando Torres, el que recibió su camiseta nada más marcar el gol 100 con el Atleti, el que leyó entre sollozos (los suyos y los de los 60.000 que estábamos en la grada) la carta de despedida a nuestro ídolo.
Enciendo el ordenador después de dos semanas en Sudamérica y ¡zas! Se me aparece un compañero con el que compartí Teología y fútbol desde Vigo. Chema es celeste y profesor de Filosofía en un instituto. Me cuenta que en el libro de Religión de 2º de la ESO aparece un testimonio de  Fernando Torres hablando sobre la dignidad. Es parte de la entrevista que le hizo Pedro Simón y que publicó El Mundo. Le falta tiempo para hacer un pequeño vídeo y enviármelo. También me hace una captura de pantalla del texto en su versión digital. Es de la editorial SM otra vez. La de los marianistas. Le cuento lo de la hija de Sonia y su trabajo sobre Torres. “¿En serio? Hoy en 3º de la ESO han comenzado un trabajo sobre modelo de personas. Y entre Mandelas, Fridas y Ghandis apareció Fernando Torres. Ya te enviaré copia con permiso de los autores”. Lo dicho, casualidades. Causalidades. Diosalidades.
Y no me extraña. Torres ha sido el portador de nuestro amor al Atleti. El futbolista que todos hubiéramos querido ser. Un ejemplo de humildad, coraje y corazón. Debutó en Segunda. Nos ascendió a Primera. Nos devolvió a Europa con el dinero que dejó su salida. Ganó todo lo que puede ganar un futbolista y regresó con humildad para sumar desde el banquillo. Quería cumplir su sueño. Nosotros, gracias a él, seguimos soñando. Porque a Torres, como al Atleti, no les queremos por lo que nos dan, les queremos porque forman parte de nuestra vida.
El domingo, después de la catarsis colectiva en el Metropolitano, mi hija Lucía -5 años- le contaba a todo el mundo que había visto “la Copa” (por la Europa League), que Torres “había marcado mucho” y que “papá había llorado”.

Lo de Lyon me pilló en Tacumbú


Mi trabajo tiene estas cosas. Que a veces te obliga a perderte la comunión de tu sobrina o una final de tu equipo porque las fechas estaban cerradas. Del 5 al 20 de mayo anduve evangelizando para la noble causa del colchonerismo en tierras uruguayas y paraguayas. La tarea no fue menor.

En Uruguay pensé que encontraría el terreno abonado por el paso de nuestro bota de oro, Diego Forlán, la capitanía guaraní de Godín, la juventud del central internacional Josema Giménez, el trabajo infinito del "profe" Ortega  y la inolvidable presentación del Pato Sosa. Nada que ver. Allí todos son del Barcelona por Luisito Suárez. Increíble pero cierto. Aquí, como en el resto del planeta sólo saben de las dos multinacionales del fútbol que copan el mercado y que, para nuestra desgracia, juegan en España. Su versión local es el Peñarol - Nacional. Mi estancia en Montevideo coincidió con el Nacional "campeonando".

En Paraguay la cosa no fue mejor. Y eso que su selección viste de albirrojo, que es exactamente igual que nuestro rojiblanco. Ni siquiera el recuerdo de las piruetas del "soldadito" Benítez, ni el de aquella pareja de centrales internacionales -Gamarra y Ayala- con los que descendimos a Segunda. Nada.

Para mi desgracia la final de Lyon me pilló en el Bañado de Tacumbú. Un barrio en los márgenes de Asunción que sufría su tercera inundación en cuatro años. Conclusión: en el refugio al que se habían trasladado los vecinos de esta versión paraguaya de la Cañada Real tampoco tenía luz eléctrica ni una televisión con cable para ver la final de la Europa League. Porque en esta parte del mundo, en el sur, sólo retransmiten en abierto si juegan el Barcelona y el Real Madrid, o sus versiones locales: Olimpia y Cerro (clásico que coincidió con mi estancia en la pequeña ciudad rural de San Roque González con victoria de los porteños por 0-1). Toda una experiencia en mitad de la nada.

Sin televisión por cable, con mi camiseta del Atleti puesta, sin wifi, con mucha tarea por delante, sin atléticos cerca y con un calor húmedo impropio del otoño austral casi me entra el vikinguismo y tiro la toalla. Pero no. Entonces se obró el milagro. Uno de los voluntarios que trabajan coordinando el proyecto de becas escolares que ha puesto en marcha el dominico español Pedro Velasco se me acerca y me muestra su móvil: "Vamos empate a cero". Ariel Franco (en la foto con un servidor. Al día siguiente le regalé dos camisetas del Atleti), así se llama este ángel que me envió el Espíritu Santo para mantenerme informado sobre el devenir de los nuestros durante la consecución de la tercera Europa League. No me separé de él. Desde las tres menos cuarto y hasta las cinco estuve pegado a su móvil celebrando cada uno de nuestros goles al tiempo que en mi teléfono sin wifi entraban los SMS de mi hermano (conocedor de las complicadas circunstancias en las que me hallaba). Así me fui enterando en estéreo de las buenas noticias que llegaban desde Francia donde marcaba el francés, volvía a marcar el gabacho y sentenciaba el Gabitán Fernández antes de que Fernando Torres saliese al campo para poder levantar su primer título como rojiblanco.

Esa noche apenas pude dormir. Los mensajes se apelotonaban en mi móvil complicánadome el visionado de los resúmenes. Las lágrimas tampoco ayudaban mucho a la hora de ver lo que había sucedido en Lyon antes, durante y después de una final que me pilló en el refugio donde los vecinos del Bañado Sur de Asunción esperaban a que se retirase el agua de las últimas inundaciones, en Tacumbú.

viernes, 23 de febrero de 2018

Hambre de ti, Atleti

A pesar de que la iluminación del Metropolitano favorece al equipo visitante ocultando el colorido y la fuerza de los aficionados del Atleti, los cánticos no se han podido silenciar. 
(FOTO de RUBÉN DE LA FUENTE en La Vida en Rojiblanco)


Tres semanas sin ir al Metropolitano. Tres semanas sin vivir el Atleti en directo rodeado de mi familia rojiblanca. De Albertito que vino con el primo de su mujer, de Loli y su gorro ruso contra el frío de la estepa en Las Musas, de Jose llegando in extremis y preocupado por si habíamos cantado ya a Torres y al Cholo, de mi hermano que se olvidó el chocolate para invitar a todos en el descanso, de los chavales de atrás que se saben todas las canciones y no paran de animar, de mi vecino David y su hijo Asier que también son vecinos de abono, de los de la Peña Villaverde y su autobús repleto de buena gente, de Fran que no pudo venir porque tiene a su padre fastidiado, de Darío que cumplía partido de sanción porque el suyo -su padre- le había castigado. Tres semanas entre Guatemala y El Salvador echando de menos los gritos del fenómeno que anima con el inalámbrico a que los que animan animen para que nos animemos. Y ayer, otra vez, lo consiguieron. El Frente Atlético hizo botar a "los de arriba". Y también botamos "los del medio", los que estamos encima de ellos y debajo de los palcos del canapé y las teles con repetición. Ayer volví a cantar el himno con la bufanda en alto, a botar para espantar el frío con la excusa de no ser vikingo, a comentar el gol cantado de Gameiro y a cantar el gol que la prensa no ha comentado del mismo francés. A fijarme en el debut del chaval Sergi en el lateral izquierdo, de repetir una vez más lo de "qué bueno que es Oblak". Ayer pude disfrutar de Koke manejando el partido en la primera parte con Gabi haciendo de escudero. Y volví a sentir una descarga eléctrica con cada regate de Correa. Ayer, como cada vez que vivo un partido de los míos, sentí el orgullo de saltar con Giménez para pelear cada balón, de acompañar a Juanfran subiendo la banda con la ilusión de un juvenil, de empujar para que Vitolo entre más en juego y le pille el truco a este Atleti de rutinas y defensa inexpugnable. 

Tres semanas sin vivir el Atleti son muchas semanas. Aunque me enfunde la zamarra del Glorioso cada día de partido, aunque llame a mi hermano desde una aldea quekchí para saber qué hemos hecho contra el Atlhetic, aunque en El Salvador no se salgan de la dichosa dictadura dicotómica de las dos selecciones mundiales a las que desafía el uncerismo práctico de nuestro dios argentino. Aunque me las vea y me las desee para regalarle una gorra con el escudo verdadero de nuestro equipo a alguien que merezca la pena, que sea normal, que no esté contaminado por las multinacionales del márketing balompédico. En este viaje he visto cereales con el escudo de los vecinos incoloros, autobuses urbanos decorados con los que van delante de nosotros y con los que están a siete puntos de nuestro culo. Relojes, paraguas, mochilas, material escolar, bolsas de papas fritas... un disparate. Tan es así que uno siempre piensa haber tocado techo con el sentimiento de rechazo al otro equipo de la capital. Pero no.

Tenía muchas ganas de ir al estadio. A pesar de que la eliminatoria estaba casi resuelta, a pesar de que el Copenhague no es un equipo atractivo (por mucho que se vista de azul Chelsea), a pesar del intenso frío, de la mala hora, de las polémicas inventadas por la prensa madridista -salta a la vista- para desestabilizar a la plantilla y dividir a la afición. A pesar de que cada vez hay más gente que se va antes del pitido final. A pesar de que los ladrones del palco quieren vender a Carrasco para tapar sus agujeros en China. Tenía hambre de Atleti. Por eso ayer cantamos bien fuerte, con el Frente, lo de "El fútbol no nos gusta, el Atleti sí". Casi tan fuerte como el "Ole, ole, ole, Cholo Simeone" y el "Fer-nan-do Tooooorres, loro lo lo, lolo". 

Ayer volví a disfrutar del fútbol en directo. Porque nosotros no vamos a VER al Atleti, nosotros vamos a VIVIR el Atleti. 

Atleeeeeeeeti, Atleeeeeeeeti, Atleeeeeeeti.

sábado, 20 de enero de 2018

De metonimias y mentiras en el fútbol


La metonimia es como una metáfora pero sin poesía. Un término se refiere a otro por proximidad. Es una figura retórica para simples. De hecho los periodistas la usamos mucho, muchísimo. Demasiado. Por ejemplo cuando nos referimos a lo específico utilizando el genérico: “Los madridistas eluden sus compromisos fiscales defraudando millones a la Hacienda pública del país que les da de comer”. Pero en realidad no son todos los madridistas, ni siquiera todos sus futbolistas. Apenas ocho o diez han tenido problemas con el fisco. 
La metonimia, decía al inicio, es un tropo literario del vulgo. Se usa para llamar la atención simplificando y generalizando. Si, por ejemplo, Sergio Ramos es el jugador más expulsado en toda la historia de la Liga española con 19 tarjetas rojas y es futbolista del Real Madrid, los periodistas -tan dados a la metonimia, la simplificación y los titulares llamativos- podrían referirse a los jugadores de este club como “Los violentos jugadores del equipo incoloro” (de todos es sabido que el blanco no es un color). Y a nadie le resultaría extraño el uso de la figura retórica. 
La sinécdoque es una suerte de metonimia con la que se utiliza el nombre del todo para referirse sólo a una parte, o viceversa. Por ejemplo: “La afición del Real Madrid está contratada por Florentino”, cuando en realidad el presidente del equipo de las Champions sólo tiene contratada a una parte del público, la grada de animación, con el fin de que no profieran cánticos contra él, contra su gestión ni contra sus intereses.
Todo lo dicho hasta aquí es de sentido común. El uso de la metonimia y la sinécdoque es muy habitual. Legítimo, aunque las más de las veces contenga una exageración que conlleva un cierto engaño. 
Muy distinto es mentir. Directamente. Y eso no se le puede consentir a un profesional de la información. Porque un periodista vive de contar la verdad. Para ello contrasta distintas fuentes, pregunta, va al lugar de los hechos y luego explica de un modo sencillo lo que ha ocurrido. Y sí, puede que use metonimias y sinécdoques. Incluso que busque llamar la atención en un titular. Pero no se puede mentir. 
Un ejemplo de mentira: “Un ultra del Atleti apuñala a un hincha rojiblanco en la previa contra el Sevilla”. 
A ver, compañeros plumillas. El agresor (40 años) era un delincuente que sólo llevaba cinco meses en libertad tras diez años de cárcel por -entre otras cosas- atracar unas cuantas farmacias. El agredido (22 años) no era abonado, no tenía entrada, estaba de botellón con unos amigos y se había pasado con el alcohol. Puede que simpatizaran con algún equipo como puede que comprasen en el Corte Inglés. Incluso que tuviesen la tarjeta de ese supermercado. Es posible que fuesen musulmanes, que practicasen running o que les gustasen los hombres. En cualquiera de estos casos los titulares serían: “Un cliente de El Corte Inglés apuñala a otro en Las Musas”; “Dos musulmanes implicados en una reyerta en pleno botellón”; “Un `runner´apuñala a otro en Madrid” o “Un gay asesta tres puñaladas a un joven en plena calle”. Y estoy convencido de que ningún medio titularía así. Más que nada porque el Corte Inglés podría retirar su publicidad, la comunidad musulmana se podría ofender, los que corren cada tarde -y los que que no- se partirían de risa y el lobby homosexual volvería a protestar con razón.

Pues eso, que una metonimia no justifique una mentira; que informar no sea una excusa para enfangar el buen nombre y el honor de los aficionados del Atlético de Madrid.

lunes, 15 de enero de 2018

El año del triplete


Aún quedan 57 puntos en juego, toda una segunda vuelta, y ya hay quien le da al Barcelona la Liga por ganada. Yo no. Estamos a nueve puntos y creo que con Costa y Vitolo el equipo ha mejorado tanto como con la marcha de Vietto y -espero- de Gaitán. Son 19 partidos los que quedan hasta mayo. La Liga no será fácil, pero sí posible. Y el Cholo, aunque no lo diga, piensa lo mismo que la mayoría de los atléticos: partido a partido, pero ahí estamos. Segundos. Y van seis años seguidos en los que no nos apeamos del tercer puesto. Que sí, que muchos puntos nos los llevamos haciendo alarde del unocerismo y elevando a categoría máxima la defensa de la mínima ventaja. Pero este vivir al borde del ataque de nervios es también fútbol. Y Atleti. Que nosotros sabemos mucho de sacrificio, esfuerzo, de tener que currar el doble para conseguir la mitad. Y como muestra, ahí están los penaltis que nos han pitado a favor en toda la primera vuelta: Ninguno, cero, niente. Los mismos que expulsados en los equipos rivales en los primeros 19 encuentros de la mejor Liga del mundo (Tebas, nos tienes hasta los huevos). Y eso que el Atleti es uno de los que más faltas recibe. Pues eso, que estamos haciendo una temporada muy 2014. Y en aquella logramos la décima Liga.

En Copa nos ha sonreído el sorteo teledirigido y vergonzoso de la RFEF enfrentándonos a dos clubes que fueron grandes pero que militan en el bronce de la Segunda B. En dieciseisavos eliminamos al Elche aunque allí no pasamos del empate. En octavos el Lleida ofreció resistencia en las primeras partes, pero con Costa y Vitolo les metimos allí cuatro y aquí tres. Ahora empieza la competición de verdad. Cinco partidos por delante (si todo va según lo que yo vaticino) que nos pueden dar el mismo título que levantamos -por décima vez también- en 2013, en el Bernabéu, con goles de Costa y de Miranda en un cabezazo tan inolvidable en el descuento como el de Godín en el Nou Camp que nos dio la Liga el año siguiente. Este miércoles nos enfrentamos en cuartos al Sevilla. Hay que evitar que marquen en el Metropolitano. Y si nos adelantamos nosotros, mejor que mejor. Pero lo importante es que no marquen. Y luego, ya se verá. Cinco partidos para ganar uno de los títulos que más me gustan (a pesar de que los que mandan parecen estar muy interesados en acabar con él convirtiéndolo en un auténtico despropósito para que lleguen a la final las dos multinacionales del fútbol mundial que juegan en nuestro país). Ojalá se enfrenten en semifinales. En caso contrario, tendremos que eliminar a uno en semis y ganar a otro en la final.

La Europalí es una mierda, pero es nuestra mierda. Ganamos la primera edición, la de 2010 y repetimos en 2012. Con ella volvimos a la senda de los triunfos europeos. Y a viajar por Hamburgo y Bucarest. Fue la puerta para ganar dos supercopas de Europa en Mónaco y, aunque ahora hay equipos más fuertes que en las dos ediciones anteriores, la competición sólo es interesante económica y deportivamente si se gana. Esto no es como la Champions donde cada partido es un auténtico espectáculo televisivo y financiero. Aquí hay más fútbol y menos márketing. Por de pronto jugamos la primera eliminatoria contra el campeón de Dinamarca, un país con tradición futbolera y un equipo, el Copenhague, que ha participado en la máxima competición continental y que tiene una plantilla plagada de internacionales. Nada de confiarse. Será duro y poco vistoso. Pero mucho más agradable que echar cuentas en la Liga de los puntos que nos separaban del descenso, o que jugar la clasificación para la Intertoto con el fin de meterse en la antigua UEFA en una repesca infame y veraniega contra equipos absolutamente desconocidos. A mí, qué queréis que os diga, me pone ganar la tercera Europalí en 2018, como en 2010, como en 2012. Y en Lyon, que es un buen momento para cerrar alguna que otra herida. Y ojo, con Costa y con Vitolo.

Y lo escribo en enero. 2018 ES EL AÑO DEL TRIPLETE (partido a partido, sí. Respetando al rival, también. Pero soñando muy fuerte mientras otros sólo duermen, se quejan o sufren de pesadillas). Lo digo antes de que empiece la segunda vuelta de la Liga, con 42 puntos y a nueve del líder. Antes de jugar la ida de octavos contra el Sevilla en la Copa. Antes de que empiecen a despreciar a nuestros rivales en la competición europea en la que aún estamos vivos y en la que los próximos eliminados de la Champions no podrán entrar.

2018 será el año del triplete. Avisados estáis. Porque es tiempo de soñar en rojo y blanco. 2018. Triplete.

P.D. Si no lo ganamos, nadie nos podrá quitar el buen rato que hemos pasado soñándolo. Que nosotros somos de vivir a tope lo que toca. En las buenas y en las malas. En Primera, en Europalí o en el Carranza. TRI-PLE-TE. No vengáis luego con que no os lo dije: TRI-PLE-TE.

Aúpa Atleti. Siempre.

miércoles, 10 de enero de 2018

Los bocazas del Atleti



Los bocazas del Atleti somos mucho de ladrar y poco de morder. A los bocazas del Atleti se nos ve rápido el plumero cuando vienen mal dadas. Los bocazas del Atleti somos ese nauseabundo personaje de Torrente sacando pecho cuando el equipo gana y deshaciéndonos de la bufanda en una alcantarilla cuando hay que dar la cara. Los bocazas del Atleti nos reproducimos como setas con el viento a favor y no conocemos las lluvias torrenciales con sus inundaciones en Segunda ni lo que es una larga temporada de sequía bajo el sol abrasador en mitad de la tabla. Los bocazas del Atleti protestamos mucho cuando Gil y Cerezo se apropiaron el club para convertirlo en su cortijo sin poner un duro, pero no fuimos capaces de frenarles a tiempo, ni de plantarles cara después. A los bocazas del Atleti se nos engaña fácil con una campaña efectista de una buena empresa de publicidad porque somos gente predispuesta al enamoramiento, a la utopía, a la revolución y a los milagros del rock and roll. 
Los bocazas del Atleti somos capaces de pagar diez euros por ver un entrenamiento y tragar a dos carrillos con un cambio de escudo que es como cambiarte el corazón; con un cambio de casa, que es como un desahucio en tu propia cara. Los bocazas del Atleti nos indignamos porque nos dicen que el Cholo cobra mucho sin caer en la cuenta de que ni con todo el oro del mundo se puede pagar lo que ha hecho por nuestro equipo. 
A los bocazas del Atleti se nos llena la boca de millones cuando es lo que siempre hemos criticado de las dos multinacionales del duopolio futbolístico. A los bocazas del Atleti se nos reconoce rápido porque despreciamos por un mal partido o una temporada complicada a cualquiera de nuestros futbolistas comprometidos. Sin respetar que sean de la casa, sin tener en cuenta el verdadero rendimiento de los que, aún siendo leyendas, siguen batiéndose el cobre y sumando mucho al equipo. 
A los bocazas del Atleti se nos localiza rápido. Hablamos mucho de cultura y de sentimiento y de valores y de historia pero somos incapaces de poner unos euros en un proyecto periodístico rojiblanco. A los bocazas del Atleti nos pierde consumir mierda envuelta en información deportiva. Y luego quejarnos mucho. Así somos los bocazas. 
También se nos cala rápido a los bocazas del Atleti porque alardeamos de lo que se canta y se baila en nuestro estadio y cuando vamos no dejamos de criticar a los que de verdad cantan y bailan sin descanso. Se nos ve a la legua a los bocazas del Atleti cuando ponemos sobre la mesa lo de que somos la mejor afición de España y luego nos borramos porque hace frío, porque el horario es malo, porque el partido está resuelto o porque el rival no merece nuestra presencia. Ni siquiera nuestro equipo. Así somos los bocazas del Atleti, unos clásicos, los que no nos cansamos de repartir carnés y de explicarle al prójimo lo que hay que hacer. Porque los bocazas del Atleti aún no conocemos la diferencia entre ser del Atleti y estar con el Atleti, entre vivir en rojiblanco y diafrazarse a la rojiblanca moda. 
Los bocazas del Atleti somos un clásico. Nos gusta tocar las pelotas. También a los que se creen que son de los nuestros.

Aúpa Atleti. 
Siempre.